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CAPÍTULO I

El Despertar de la Memoria


Primeros recuerdos y los primeros destellos de lo no visto



Mis recuerdos más vívidos provienen de la Ciudad de México de la década de 1960, comenzando cuando apenas tenía dos años. Incluso a esa edad, poseía una comprensión madura y familiar de las actividades y conversaciones de mi familia. Siempre me desconcertaba que me hablaran como si no los comprendiera; sabía que esto era solo temporal, que no requería más que paciencia.


    De niño, tenía una poderosa capacidad para escuchar y percibir, interpretando de manera instintiva la energía, las expresiones y el lenguaje corporal. Descifrar ese lenguaje secreto me daba un profundo sentido de propósito—una brújula interna constante que ha guiado mi camino desde entonces.

                                            


     

Mis sueños vívidos siempre han sido una fuente de inspiración y una máquina del tiempo personal. En esos sueños iniciales, viajaba a través de innumerables líneas del tiempo históricas, experimentando vidas como niño, adolescente y adulto. Viví desde la adversidad, la pérdida y la muerte hasta la satisfacción, el éxito y la guerra. No solo presenciaba esas vidas—las sentía. Las emociones eran tan reales que a menudo permanecían durante días después de despertar.


    A estos sueños solían seguirles visiones de figuras en silueta que, a través de una cascada de palabras confusas, revelaban la razón y el significado detrás de mis experiencias. Para mí, esto era prueba de que se trataba de mis vidas pasadas.



    Mi primer sueño, y el más recurrente, comienza conmigo en una gran silla, rodeado de las siluetas de personas que conozco—y que, sin embargo, son extrañas. Sus palabras son un torrente de exigencias, consejos y expectativas, una confusa maraña de ruido. Pero no me abruma; en lugar del caos, escucho cada voz y cada pensamiento con perfecta claridad. Es en ese momento, en medio del bullicio, cuando finalmente entiendo lo que todos dicen y, más importante aún, lo que he aceptado cumplir.